YouTube Issuu Twitter Facebook

Dios habita en nuestro barrio

Octubre de 2012 · Por: Horacio Colombo Para: Revista Saludablemente
Dios habita en nuestro barrio

Si buscáramos un recuerdo agradable en nuestra memoria, la niñez ocuparía un lugar de privilegio, y más aún el barrio, donde transcurrió nuestra infancia, sería el marco perfecto para esos recuerdos. Recordaríamos los momentos agradables que vivimos junto con amigos y amigas que vayan uno a saber por donde andarán. Con que poco nos conformábamos para ser felices. Hoy es maravilloso pensar como las cosas simples adquirían un brillo singular. Todo era bueno para jugar, para tener en común. No establecíamos diferencias de sexo, color o condición social. Una lata vacía, un puñado de coloridas piedritas, una pelota hecha con calcetines viejos o una tiza gastada para dibujar en la calle la rayuela que nos permitía llegar al cielo, servían para mantener en jaque nuestra capacidad de asombro. Era muy fácil y cotidiano sentirnos entre todos, uno.

La solidaridad ocupaba un lugar muy importante en nuestra experiencia. Cuando una persona mayor nos pedía que hiciéramos un mandado lo hacíamos con entusiasmo. Si uno de nuestros amigos tenía un inconveniente, era el de todos hasta solucionarlo. ¡Qué solidarios éramos si alguien atravesaba una situación difícil!

Pero fue pasando el tiempo, nos hicimos grandes y muchos nos fuimos del sitio que nos vio crecer. Y, con el transcurrir de los años, comenzamos a sentir nostalgia de los días en que éramos pequeños y nos proyectamos en busca de recuerdos de esas calles donde estaba nuestro hogar, en ese bendito barrio ¡qué refugio! Un refugio no de mampostería, era el refugio de nuestra inocencia y pureza.

Hoy es probable que vivamos en un vecindario donde no nos sintamos cómodos, sintiéndonos extraños. Pero si nos detuviéramos unos instantes en el lugar donde estén reunidos un grupo de niños, apreciaríamos que en ese lugar donde no nos sentimos a gusto, ellos sí lo están y lo hacen construyendo sueños y juegos por los cuales dentro de muchos años quizás sientan nostalgia.

En el barrio donde transcurrió mi infancia y juventud aprendí a descubrir los charcos que formaba el agua al cesar la lluvia; en ellos me deslumbraba ver "navegar" un barquito de papel o contemplar los círculos concéntricos que formaba el agua al dejar caer una piedrita dentro del mismo. Así las cosas simples fueron verdaderos postes indicadores que a través del tiempo me marcaron el camino a recorrer en busca de dirección correcta en la vida. Y con ese rumbo, un día me detuve delante de una Sala de Lectura de la Ciencia Cristiana, muy cerca del lugar donde residía. Allí, luego de entrar, no sólo me impactaron conceptos de la literatura que pude leer sino también el afecto genuino de quienes me recibieron, y mi vida cambió para mejor, en todo aspecto.

Con el estudio de esta Ciencia pude aprender acerca de la inocencia y pureza del hombre como idea espiritual y perfecta, libre de conceptos humanos contaminantes y destructivos que inexorablemente me remontaron a esos recuerdos de niño. Pude, en definitiva, conocer a Dios como el incondicional Padre-Madre dador de todo lo bueno, es decir pude hacer de Dios, el Amor Divino, mi primer amigo y de la oración, un auténtico salvavidas siempre presente.

En ocasiones cuando el engañoso sentido material pretende sumergirme en la sugestión de falta de inocencia y pureza o falta de solidaridad, acudo inmediatamente a las ideas reparadoras e inspiradoras aprendidas en la Biblia y en Ciencia y Salud con Clave de las Escrituras por Mary Baker Eddy. De sus escritos pude desarrollar de manera práctica ideas como: "Los ricos en espíritu ayudan a los pobres en una gran hermandad, teniendo todos el mismo Principio, o Padre; y bendito es ese hombre que ve la necesidad de su hermano y la satisface procurando su propio bien beneficiando a otro." 1 Qué concepto tan revolucionario, ¿verdad? Buscar el propio bien beneficiando a otro.

Hoy, más de cuarenta años después, vivo en un lugar muy distante de aquel en el cual transcurrió ni niñez y todavía no dejo de emocionarme cuando veo un grupo de niños tratando de hacer navegar un frágil barquito de papel en algún charco o al costado del cordón de la vereda luego de una fuerte lluvia. Tampoco dejan de sorprenderme los círculos en expansión que forma el agua al arrojar una pequeña piedra sobre el mismo y así, de igual manera, en mi actual barrio, trato de expandir el pensamiento alcanzando a todos sin excepción, procurando ver la idea de Dios en cada persona y sabiendo con certeza (aunque parezca difícil), que el bien es posible.

1 Ciencia y Salud, Pág. 518

Autor(a)
Horacio Colombo
Buenos Aires, Argentina

Todos los derechos The Christian Science Sentinel ©

«Difundir Artículo»

DESCARGAR GRATIS LEER

SALUDABLEMENTE #56

qr

DESCARGAR NÚMEROS ANTERIORES

  • Saludablemente #56
    DescargarLeer
  • Saludablemente #55
    DescargarLeer
  • Saludablemente #54
    DescargarLeer
  • Saludablemente #53
    DescargarLeer
  • Saludablemente #52
    DescargarLeer
  • Saludablemente #51
    DescargarLeer
  • Saludablemente #50
    DescargarLeer
  • VER TODAS

    Contáctanos Aquí

    Teléfono: 5093952

    ESCRÍBENOS
    YouTube Issuu Twitter Facebook
    clientes

    Esta obra está bajo una licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 2.5 México. Leer nuestro Aviso de Privacidad. Diseñado y producido por Mercadotecnia Especializada.


    Teléfono: 5093952    Email: hola@saludablemente.com.mx  

    ESCRÍBENOS
    YouTube Issuu Twitter Facebook