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Inteligencia sin límites

Octubre de 2012 · Por: Antonio Omar Blando Para: Revista Saludablemente
Inteligencia sin límites

La Ciencia Cristiana define a Dios como el "GRAN YO SOY", el Ser único, eterno, infinito, que es todo sabiduría, todo acción armoniosa, todo amor, todo sabiduría. Este gran Yo Soy, se expresa por medio de siete sinónimos que definen Su Naturaleza: MENTE, ALMA, ESPIRITU, VERDAD, AMOR, VIDA, PRINCIPIO. Naturalmente, siendo DIOS el único creador del Hombre y del Universo, imparte en ellos esta Naturaleza Divina.

Todo aquel que emprende el estudio de esta Ciencia, puede experimentar, en la medida en que comprende y desarrolla en sí mismo estos nuevos conceptos, grandes cambios en su vida y por ende, en todo el entorno en que ella se desarrolla.

Cuando comencé el estudio de esta Ciencia, trabajaba en una empresa multinacional, entrando ya en lo que humanamente se llama edad madura. Realizaba mis tareas en el area de sistemas de contabilidad, que en esos momentos eran manuales o semi mecánicos.

Comenzaba en esos momentos en nuestro país, la "era" de las computadoras. Como la empresa crecía de una manera muy notable, obviamente emprendieron la reforma de todos sus sistemas contables y de control, adoptando los nuevos métodos que las nuevas técnicas ofrecían. Esto causó gran inquietud en el personal, principalmente en aquellas personas que llevaban muchos años trabajando en ese lugar. Yo no fui la excepción. La inquietud y el temor a ser despedido, ya que las reformas requerían personal especializado, se apoderaron de mí. En esos momentos, la Ciencia Cristiana fue mi tabla de salvación. Profundicé mucho más mi estudio sobre la naturaleza de Dios y yo como su hijo muy amado. Aprendí que el sinónimo Mente es inteligencia infinita, sin límites, sin edad. La condición humana asume la inteligencia como limitada a unos pocos años de vida, y luego comienza a decaer hasta extinguirse. Vemos en los periódicos, que se solicitan servicios para cubrir empleos, personas que no excedan de los treinta y cinco o cuarenta años de edad. Esta condición, por lo general, causa mucho desaliento y desesperanza en las personas que han superado esa edad.

Apoyándome en lo que aprendía en la Ciencia Cristiana e identificándome permanentemente con esa Inteligencia o Mente, o sea Dios, mi primera gran sorpresa fue que la empresa, muy lejos de desplazarme o despedirme, me brindó la oportunidad de emprender el estudio de estos nuevos sistemas. Otro gran desafío se me presentó. Debía emprender mis estudios junto a otros compañeros, la mayor parte de ellos, estudiantes universitarios y muy jóvenes, por cierto.

Nuevamente la Ciencia Cristiana vino en mi auxilio. Aprendí que la inteligencia no tiene edad ni medidas, que no está encerrada en un órgano llamado cerebro. El trabajo fue arduo por muchos meses, ya que debía atender mis tareas habituales durante algunas horas, concurrir a los cursos y tomar tiempo para estudiar. Pero a medida que transcurría el tiempo sentía un gran cambio en mi manera de pensar y encarar los problemas que a diario se me presentaban, obviamente, siempre recurriendo a Dios en busca de respuestas y soluciones. Cada examen que rendía, obtenía excelentes puntajes.

El momento culminante de esta experiencia se presentó en oportunidad de rendir uno de los exámenes finales, el más complicado. La noche antes del examen, dando un repaso general a todos los temas, de pronto tuve la sensación de haber olvidado todo. Me negué a aceptalo, cerré todos los libros y me entregué por completo a Dios. Al día siguiente, me presenté a dar el examen, siempre por supuesto en oración a Dios. Leía cada una de las preguntas y las respuestas fluían abundante e incesantemente. Escribí durante dos horas y media sin detenerme. Al siguiente día, en el momento de recibir los resultados de este examen, la instructora me pidió que me retirara unos minutos del aula. Pensé que todo me había salido mal. Pero con gran sorpresa de mi parte, llegaron dos instructores quienes me saludaron y felicitaron muy efusivamente pues era el único que había rendido el examen con un puntaje excelente.

A esta experiencia siguieron muchas más a lo largo de los muchos años que trabajé en esta empresa. Hubo muchos cambios, pero en todos, guardando en mi pensamiento el hecho de que el hombre refleja la inteligencia Divina, salí siempre airoso.

Poco tiempo antes de jubilarme, ocurrió otro cambio muy grande debido al crecimiento de la empresa. Llegaron personas expertas en comunicaciones e ingeniería de sistemas.

Fui trasladado a otro sector. Pero esta vez, lejos de estar temeroso e intranquilo, muy agradecido a Dios por las experiencias vividas y todo lo que había aprendido en todos esos años, acepté el nuevo cargo hasta mi retiro.

Es de notar, que todo el progreso y aprendizaje lo llevé a cabo en el mismo lugar. No fue necesario cambio alguno para progresar, Lo único que fue cambiando constantemente, fue mi punto de vista material por un punto de vista más espiritual.

Hoy, ya disfrutando de mi jubilación, puedo disponer de todo mi tiempo para trabajar por la Causa de la Ciencia Cristiana.

Puedo asegurar ahora, que el siguiente párrafo que aparece en el libro de texto de la Ciencia Cristiana, Ciencia y Salud con Clave de las Escrituras, escrito por la Sra. Mary Baker Eddy, se ha cumplido en alguna medida en mi experiencia particular: "Un conocimiento de la Ciencia del ser, desarrolla las posibilidades latentes del hombre. Extiende la atmósfera del pensamiento, dando a los mortales acceso a regiones más altas y más amplias". 1

1 Ciencia y Salud, Pág. 128: 15-18

Autor(a)
Antonio Omar Blando, practicista
Buenos Aires, Argentina

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