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No te enganches, resiste el cebo

Octubre de 2012 · Por: Kathryn Hosmer Thompson Para: Revista Saludablemente
No te enganches, resiste el cebo

En Madrid de los años 80, no mucho después de la muerte de Franco, la droga se convertía en un asunto de preocupación universal. Me acuerdo bien de anuncios grandes en el metro con fotos de un anzuelo enorme y la advertencia: "¡No te enganches!"

Ahora, unos veinte años más tarde, imaginen mi sorpresa al despertarme una mañana con la imagen de aquel anzuelo en mis pensamientos. Vivimos cerca del Río Mississippi en los Estados Unidos de América. Soy madre de dos hijos jóvenes, y uno de mis desafíos diarios es precisamente la defensa contra sugestiones mentales agresivas. Hago un esfuerzo específico cada mañana para lograr que mi primer pensamiento sea uno de claridad: de esperanza, de protección y de armonía para el día que se aproxima, resistiendo cada sugestión mental de lo contrario y reconociéndola como falsedad que no tiene poder alguno.

Cuando vi aquella sugestión mental del anzuelo grande, me di cuenta inmediatamente de lo que tenía que hacer. Primero, sabía que tenía que rechazar el "cebo del día": la tentación de preocuparme por la salud de mi hija. Declaré que aquel anzuelo inmóvil no poseía la capacidad de tocarme a mí ni a ella tampoco. Además, no existía ninguna fuerza que podía obligarnos a tragárnosla.

¡No quedaba duda de que aquella imagen era nada más que una sugestión mental! Y, con igual certeza, pude ver que la enfermedad lo es también. En lugar de dejarla "tirarme" hacia el temor, fue una oportunidad para trazar una línea muy clara entre el "cebo" desagradable y yo.

Unos segundos más tarde, mi hija entró corriendo y me contó rápidamente cuántos pañuelos descartables había usado durante la noche. Me lo contó tres veces porque yo no le respondía. En realidad, yo estaba preparando una respuesta basada en mi oración. Pronto le conté lo contenta que estaba de verla así, tan entusiasmada, y que estaba contemplando su perfección. Luego la invité a leer la lección bíblica de la Ciencia Cristiana conmigo.

Nos turnamos con la lectura, y luego seguí con las preparaciones para la escuela, velando por los pensamientos que venían a mi. Tenía ganas de presenciar la curación y no quería darle entrada a ninguna influencia errónea.

Al llegar a la escuela, le dije a mi hija que estaba muy agradecida por su entusiasmo y que la secretaria de la escuela me había asegurado que ella podía asistir a pesar de la cantidad de pañuelos descartables que estaba usando. Le dije que sabía que iba a pasar un día de otoño maravilloso y períodos de recreo muy divertidos. (Aquí quisiera añadir que su hermano averiguó más tarde que ella había disfrutado tanto del recreo que se le oía por todo el patio, improvisando una canción acerca de bebés de unicornio.)

Mientras ellos disfrutaban de las actividades escolares, se me presentó una oportunidad de resistir la atracción del anzuelo. Esta vez, el "cebo" parecía un poco más fuerte. Tenía dolor de cabeza y tenía ganas de dormir la siesta en lugar de dedicarme a mis responsabilidades. Empecé a taparme en una cama muy cómoda cuando la imagen del anzuelo regresó a mi pensamiento, y reconocí que la cama no era más que un disfraz, y ciertamente no quería bajar la guardia a sugestiones de debilidad ni de fracaso. Me levanté con la certeza de que podía confiar mi propia salud al mismo tipo de oración científica que me había traído un sentido de paz y libertad aquella mañana.

Me recordé a mí misma que estoy protegida contra ataques de cualquier tipo porque dispongo de la autoridad para rechazar el cebo, sea lo que sea. Tampoco corro el riesgo de "engancharme" por accidente. Puede que algo me apeteciera en un momento dado, pero esta ilusión pierde toda atracción al reconocer que la fuerza que me tira hacia abajo no es más que un anzuelo feo, una sugestión enmascarándose de nuevo.

Al final del día, me di cuenta de que sí me había curado del dolor. Había jugado con los niños en un montón de hojas del bosque después de su llegada en el autobús. ¡Hasta les había permitido que me contaran cuentos y que cantaran más allá de la hora de acostarse! Y, por sobre todo, todos estábamos conscientes del cuidado de Dios para con cada uno de nosotros, porque no nos impresionaba para nada la imagen del enorme anzuelo vacío.

Autor(a)
Kathryn Hosmer Thompson, C.S.
Illinois, Estados Unidos

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